¿Por qué una misma uva tiene nombres diferentes?

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Si alguna vez has sentido confusión al leer una etiqueta de vino y encontrar nombres que no reconoces, no estás solo. En el mundo de la viticultura, la identidad de una uva es un terreno complejo donde el mismo código genético puede presentarse bajo decenas de alias. Como aficionado, entender los conceptos de sinonimia y homonimia te permitirá navegar con mayor seguridad por cualquier carta de vinos.

La diferencia entre Sinonimia y Homonimia

Para entender un poco más sobre este tema, primero debemos distinguir dos términos clave que definen la relación entre el nombre y el ADN de la vid:

-Sinonimia (Una uva, muchos nombres): Ocurre cuando una única variedad genética de vitis vinífera recibe nombres distintos según la región. Es el caso más común y suele responder a tradiciones locales o aislamiento geográfico histórico.

-Homonimia (Un nombre, muchas uvas): Es el fenómeno inverso y potencialmente más confuso. Sucede cuando dos o más variedades genéticamente distintas comparten el mismo nombre. Un ejemplo clásico es la uva Malvasía; bajo este nombre existen decenas de variedades que no tienen ninguna relación de parentesco entre sí, pero que se llaman igual por costumbre.

¿Por qué sucede esto? 

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Antes de la globalización y de los análisis de ADN modernos, las regiones vitivinícolas estaban muy aisladas. Cuando una variedad de uva viajaba de una región a otra, los campesinos locales a menudo no sabían su nombre original y le daban uno nuevo basado en su en su parecido con otra planta, en el pueblo de origen o en su adaptación local, pues a veces una uva cambia tanto morfológicamente para adaptarse a un nuevo clima que los viticultores creían estar ante una variedad distinta.

También hay otro caso que tiene que ver con el marketing y branding nacional, el ejemplo perfecto de evolución por identidad regional es la uva Syrah o Shiraz con Francia y Australia, respectivamente.

Por último, la evolución del lenguaje también tiene un factor que influye en este fenómeno. Uvas como la Muscat tienen una historia que se remonta a miles de años. Al pasar por tantas culturas, el nombre muta fonéticamente: Francia: Muscat. Italia: Moscato. España/México: Moscatel.

Ejemplos de Sinonimia (Mismo ADN)

Zinfandel / Primitivo / Crljenak Kaštelanski: Durante décadas se pensó que la Zinfandel era la uva “nacional” de California y la Primitivo la joya de Puglia, Italia. El análisis genético confirmó que ambas son la misma uva croata llamada Crljenak Kaštelanski.

Garnacha / Grenache / Cannonau: La uva que en España conocemos como Garnacha es la Grenache del Ródano francés y la Cannonau de la isla de Cerdeña. Aunque el ADN es idéntico, los perfiles cambian: en Cerdeña suele ser más rústica y tánica, mientras que en Francia tiende a ser más frutal y especiada.

Tempranillo / Tinta Roriz / Aragonéz: Si viajas a Portugal, encontrarás la Tempranillo española bajo el nombre de Tinta Roriz en el Douro o Aragonéz en el Alentejo.

Mataró / Monastrell / Mourvèdre: Esta uva de climas cálidos se llama Monastrell en España, pero en Francia y Australia es conocida como Mourvèdre, y en algunas zonas de California se le sigue llamando Mataró.

Ejemplos de Homonimia (ADN distinto)

Bonarda: Es uno de los casos más críticos. La “Bonarda” que se cultiva extensamente en Argentina es en realidad la uva francesa Douce Noir. No tiene ninguna relación genética con las uvas llamadas Bonarda que se encuentran en el Piamonte italiano.

Riesling: Existe la verdadera Riesling (o Riesling Blanco) de origen alemán. Sin embargo, existen variedades como la “Welschriesling” (común en Europa Central) o la “Laski Riesling” que no son parientes de la uva original, a pesar de compartir el nombre.

Cómo influye el nombre en el perfil que encontrarás en tu copa

Aunque la ciencia ya nos dice la verdad, los consejos reguladores y la tradición protegen los nombres locales para mantener la identidad del terruño (terroir). Decir “Tinto Fino” en lugar de Tempranillo es una forma de decir: “esta uva es nuestra y sabe a nuestra tierra”.

Si bien, el ADN es idéntico, el nombre que aparece en la etiqueta suele ser una “declaración de intenciones” del productor sobre el estilo de vino que vas a encontrar en la copa.

Por ejemplo, si compras un vino etiquetado como Syrah, lo más probable es que encuentres un perfil de “Viejo Mundo”: más ácido, con notas marcadas de pimienta negra y una estructura más elegante. En cambio, si la etiqueta dice Shiraz, el productor te está indicando un estilo de “Nuevo Mundo”: uvas más maduras, mayor grado alcohólico y sabores que recuerdan a mermeladas de frutas negras y chocolate.

En el caso de las uvas blancas, la dualidad Pinot Grigio y Pinot Gris es fundamental. Si eliges un “Grigio”, espera un vino ligero, cítrico y vibrante. Si optas por un “Gris”, encontrarás un vino con más cuerpo, mayor untuosidad y, en ocasiones, notas ahumadas o de frutos secos, propio de regiones como Alsacia.

Como has podido ver, el nombre de una uva es solo una parte de la historia. El ADN nos da la base biológica, pero el nombre regional protege la identidad del terreno y las técnicas de elaboración de cada zona. La próxima vez que veas un nombre desconocido, te recomiendo investigar si es un sinónimo de una uva que ya conoces; esto te ayudará a predecir mejor qué tipo de experiencia sensorial vas a tener al descorchar la botella.

 

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