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El Corcho y El Vino

El Corcho y El Vino

El corcho y el vino tienen una relación más importante que la simple estética que tiene como tapón, también nos ayuda a conservar el vino. Te contaremos algunos datos interesantes de su historia.

Se cree que desde hace miles de años, los egipcios habían utilizado el corcho pero no fue hasta 1670 cuando el monje Dom Pérignon, quien descubrió el método champenoise, utilizó por primera vez el corcho como tapón, pues éste fue el único material que resistía la presión que se creaba dentro de las botellas con el vino espumoso. Antes de esto se usaban tacos de madera envueltos en fibra o lacres como tapones para las botellas, pero no ayudaban a conservar bien el vino y se salían, ocasionando que se derramara el líquido en cualquier momento. Es por eso que después de experimentar con diferentes materiales, Dom Pérignon llegó a la conclusión que el corcho era la mejor opción.

Los tapones de corcho para botella, se obtienen de la corteza del alcornoque, un árbol que tiene su hábitat en el mediterráneo occidental, principalmente en Portugal, España y Francia. La corteza se cosecha cada 9 años y puede vivir hasta por 200 años.

El aporte del corcho al vino es importante y fundamental para su conservación, pues gracias a sus características naturales como porosidad, permiten que el vino reciba las cantidades necesarias de oxígeno para su buena evolución. Otro de sus beneficios es que, ya que es ligero e impermeable gracias a la suberina y los ceroides que lo componen, es un gran aislante térmico, lo cual es esencial para la protección contra las variaciones de temperatura.

Otro característica importante que aporta a la conservación del vino es la memoria elástica. El corcho tiene la particularidad de ser el único sólido que al comprimirlo en uno de sus lados no aumenta el volumen en el otro, lo que a su vez permite que se adapte perfectamente a variaciones de temperatura y presión de la bebida.

La longitud de los corchos para botella depende de la edad de los vinos. Los más cortos, que llegan a medir menos de 4 centímetros, son utilizados en los vinos más jóvenes o de consumo inmediato, mientras que los más largos, que pueden superar los 5.5 centímetros, son utilizados para los vinos con crianza.

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